Ella, quien guarda a los muertos y salva a los vivos

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una epidemia es una enfermedad que se propaga durante un cierto tiempo, en una zona geográfica determinada y afecta, simultáneamente, a un gran grupo de personas. Una de las epidemias más graves de los últimos tiempos fue el brote conocido como Enfermedad por el virus del Ébola que, en 2014, sorprendió a la población del continente africano y puso en vilo al mundo entero.

Uno de los países más afectados fue Sierra Leona, donde se estima que murieron más de 4.500 personas durante los últimos dos años. La situación era desesperante. Cada vez más personas presentaban los síntomas en un país donde el sistema de salud, ya precario de por sí, había colapsado: muchas veces las enfermeras carecían de guantes para tratar a los pacientes, no había lugar en los hospitales y cientos de cadáveres se acumulaban en las calles. Un país que hacía poco más de una década atrás había sufrido los horrores de una guerra civil y de un genocidio, tuvo que enfrentar las gravísimas consecuencias del virus del Ébola.

Promesas cumplidas

Hasta no hace mucho, Maseray Kamara llevaba una vida tranquila en Bo, la segunda ciudad más grande de Sierra Leona. Trabajaba revendiendo ropa usada y desempeñaba sus tareas de madre, esposa y abuela. Pero su rutina cambió drásticamente cuando, en 2014, supo de un virus que provenía de la vecina Guinea. Muchos creyeron que se trataba de una brujería o eran falsos rumores, pero lo cierto era que se había desatado la tormenta del Ébola.

Luego un viaje a Freetown, la capital del país en noviembre de 2014, Maseray sintió fuertes dolores de estómago y tuvo fiebre. Inmediatamente, llamó a la línea directa para informar los síntomas. Su hija y su hermana también se sintieron enfermas, pero se negaron a ir con ella, porque creían que nadie vuelve de esa sentencia de muerte que es el Ébola.

Una vez en el hospital, los médicos confirmaron lo peor: el test del virus había dado positivo. Pasó más de un mes en una cama del Centro Bandajuma en la ciudad de Bo, donde fue testigo involuntaria de situaciones que le hacían sentir aún peor: “Vi que había sólo hombres vistiendo a las mujeres enfermas o ya muertas. También vi cómo la vida de las personas terminaba brutalmente por el Ébola; muchos más niños y mujeres que hombres”. Su sensibilidad se movilizó más todavía al ver que nadie protegía la dignidad de las mujeres fallecidas. “Recé y le juré a Dios que si sobrevivía, haría todo lo posible para detener la propagación de la enfermedad, contribuir a la reducción del número de personas infectadas y honrar la memoria de las mujeres”, dice Maseray.

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Un cementerio en Bo, Sierra Leona, un sitio de entierro digno y seguro

Con su contextura delgada, Maseray parece frágil, pero su espíritu de hierro, su invencible fe y su desinteresado accionar demuestran su fortaleza, frente a la durísima realidad que tuvo que enfrentar. Al salir del hospital, la alegría de haber sobrevivido fue una breve primavera. Pronto supo que muchos amigos y familiares se habían ido en manos del Ébola, incluyendo su esposo, su hermana y su hija. Muchos otros le daban la espalda. “Al principio yo era casi una mendiga y dependía de la limosna. Esto fue porque después de que me dieron el alta, casi todos los que conocía antes de contraer el virus me abandonaron. No tenía ropa y apenas tenía comida. A menudo tenía hambre y dormía en el suelo. Los propietarios del lugar donde vivía me echaron tres veces”, se lamenta Maseray.

Uno de esos días cuando trataba, una vez más de sobrevivir, Maseray escuchó sobre el trabajo que hacía una organización llamada World Vision. Se dedicaban a llevar a cabo entierros dignos y seguros para las víctimas del Ébola. Ese mensaje fue la luz que vio Maseray en el oscuro túnel que atravesaba: “Decidí unirme al equipo porque quería darle algo a mi comunidad y era el momento de cumplir mi promesa”, cuenta la primera mujer sobreviviente del virus del Ébola en formar parte de este equipo.

En honor a la vida y a la tradición

Pocas personas sabían que el Ébola se transmite por contacto con pacientes infectados y que el virus se mantiene en los fluidos corporales, incluso después de la muerte. En Sierra Leona es tradición proporcionar un baño a los seres queridos fallecidos y la costumbre es compartida por cristianos y musulmanes. Rápidamente, los funerales se transformaron en focos de infección. “Nuestra sagrada tradición pronto se convirtió en una misión suicida para las familias afectadas”, cuenta Maseray. Desde el Estado se habían organizado equipos que recogían los cuerpos, pero muchas veces tardaban días. Los musulmanes que debían enterrar los cuerpos antes del anochecer, estaban imposibilitados de hacerlo y los cristianos no podían seguir sus ritos funerarios; situación angustiante para un pueblo que es fiel a sus tradiciones. Las personas sólo podían observar, sin poder hacer nada, que un camión se llevaba a sus seres queridos en bolsas, sabiendo que no los volverían a ver.

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Cementerio digno y seguro en Bo, Sierra Leona

Frente a este panorama desolador, Maseray Kamara, junto con el equipo de World Vision realizan un trabajo de concientización para la población sobre los riesgos del virus y, además, proporcionan entierros dignos y seguros, cerciorándose de que el ciclo de contagios no se propague. “Mi trabajo es poner los cuerpos, mayoritariamente de mujeres, en bolsas y luego trasladarlos al cementerio para su entierro. También me encargo de vestir los cadáveres de las mujeres, que era uno de los mayores problemas al informar las muertes femeninas, porque en un primer momento, los hombres hacían todos los entierros, hecho que va en contra de una de nuestras prácticas más tradicionales”, explica Maseray.

Ella también asumió el compromiso de enseñarle a la población acerca de la existencia del virus y posibles acciones para su prevención: “Hablo con los familiares de las víctimas y miembros de la comunidad sobre la importancia de estos entierros seguros en la lucha contra el Ébola, la necesidad de llamar al número de emergencia nacional para alertar sobre enfermos y casos de muerte. También comparto mi historia con ellos, haciendo hincapié en que el Ébola es real y yo soy una sobreviviente”. Este importante y minucioso trabajo que realiza Maseray ha contribuido notablemente en el aumento de las llamadas de alerta recibidas y en la ruptura de la cadena de transmisión.

Maseray Kamara es un ejemplo y ferviente creyente de que la participación civil en situaciones límite es determinante y nadie debe permanecer indiferente: “Todos tenemos un papel muy importante cuando se trata de aliviar situaciones de emergencias humanitarias y debemos asumir las responsabilidades individuales”.

“Alguien en el mundo”

El primer entierro que proporcionó la sierraleonesa de 54 años fue particularmente doloroso. Durante el ritual funerario de una joven, Maseray no pudo evitar recordar a su hija, quien era enfermera y el sostén principal de la familia; fue una víctima más del mortal virus. “Muchas preguntas sin respuesta pasaron por mi mente en ese momento. Me preguntaba cómo estaría enterrada mi propia hija, quién la enterró y dónde. Ahora acepto que nunca tendré una respuesta a eso. Sin embargo, tuve la oportunidad de hacer las cosas como corresponden con esta chica, así que fue duro para mí, pero también gratificante”.

Maseray se siente bendecida al poder contribuir con su comunidad y se siente “alguien en el mundo”. Con un gran poder de resiliencia y fortaleza de espíritu, logró vencer al Ébola, sigue su lucha y demuestra su gratitud: “Luego de sobrevivir al Ébola, agradezco a Dios y a World Vision por su intervención en mi vida. Estoy feliz de decir que mi vida cambió para mejor. Tengo una casa donde vivir, una cama donde dormir, puedo comer comida nutritiva, puedo vestirme bien y pagar los gastos de la escuela y las cuentas de salud de mis nietos, quienes son huérfanos del Ébola”, afirma.

En representación de los sobrevivientes del Genocidio Armenio y como muestra de gratitud a sus salvadores, el Premio ‘Aurora Prize for Awakening Humanity’ será otorgado anualmente a una persona cuyas acciones hayan tenido un impacto excepcional en la preservación de la vida humana y la promoción de causas humanitarias. El Galardonado del Premio Aurora será honrado con la suma de U$S 100.000. Además, esa persona tendrá la posibilidad única de continuar el ciclo de contribuciones, al seleccionar organizaciones que hayan inspirado su trabajo, para que reciba la suma de U$S 1.000.000.
La ceremonia inaugural del Premio Aurora será el 24 de abril de 2016 en Ereván, Armenia.

Nota en Aurora Prize