“La humanidad recibió este premio”
Syeda Ghulam Fatima llegó a Ereván la tarde del 22 de abril, como una de las finalistas del Premio Aurora. Una mujer cálida, de ojos fuertes y abrazo tierno que salvó innumerables vidas y reunió a miles de familias, asegura que su vida cambió tras este viaje. “Después de la experiencia de estos días, tengo aún más coraje y me siento más fuerte para seguir luchando”. Hace más de 35 años ella comenzó la lucha. “Fui testigo de la humillación que sufren las personas en mi país. Son despojadas de sus derechos y los obligan a vivir en condiciones inhumanas”, describe Fatima haciendo referencia a las personas que son reducidas a la esclavitud en los hornos de ladrillos.
Syeda estaba conmovida por el trabajo que realiza el equipo del Premio Aurora: “Ustedes están motivados por los valores y cuando una persona se involucra por voluntad propia, con el alma, con el corazón, demuestra valores humanos. Aquí el dinero no tiene nada que ver”, dice y continúa: “Estamos encantados con Armenia, ustedes hacen un trabajo muy loable y sus valores son inherentes a esta nación que ha sufrido mucho”.
La primavera asomaba en la República de Armenia y su ciudad capital, Ereván, se vestía para celebrar un evento histórico. El 24 de abril, día de conmemoración del Genocidio Armenio, tuvo lugar la ceremonia inaugural del Aurora Prize for Awakening Humanity, un nuevo premio humanitario que se entrega anualmente, en nombre de los sobrevivientes del Genocidio, a aquellas personas que arriesgan su vida para que otros sobrevivan. Ese día por la mañana, los rayos de sol anunciaban una cálida jornada y las columnas de gente comenzaban su marcha hacia la colina de Tsitsernakaberd para dejar una flor y rendir homenaje a las víctimas del Genocidio de 1915. El mundo entero conmemoraba esta fecha. Los cuatro finalistas del Premio Aurora llegaron al memorial para participar de la ceremonia oficial, junto con el Presidente Serge Sargsyan y dejaron sus flores junto a la llama eterna como símbolo de solidaridad y homenaje.
El calmo sonido de duduk que se escuchaba por los parlantes del complejo, el aroma de las millones de flores que descansaban allí y la brisa que acariciaba el alma, invitaba a las lágrimas de los presentes. “Me emocionó y me conmovió mucho ir a Tsitsernakaberd. Por eso, durante la ceremonia no pude hablar muy bien, fue muy fuerte vivir todo eso. Estaba también triste. De a poco me fui recuperando, tras pensar en positivo; esas personas sufrieron, pero su pueblo y su nación están vivas. No murieron en vano y nunca serán olvidados. Por eso también pedí el minuto de silencio y pedí que la gente se ponga de pie durante la ceremonia, eso me salió del corazón. Fue por ellos”, cuenta Fatima, aún con sesgos de emoción en su rostro.

Syeda Ghulam Fátima con la estatuilla del Premio Aurora, luego de la ceremonia
“Las personas que se sacrifican nunca mueren”
Ese mismo día por la tarde, mientras más personas continuaban su subida hacia el memorial, en esa misma colina, el Complejo Karen Demirchyan se preparaba para una velada histórica. Allí se llevó a cabo la ceremonia inaugural del Aurora Prize for Awaekening Humanity, un emotivo evento donde se anunció que la primera Galardonada del permio es Margarite Barankitse, de Maison Shalom y el Hospital Rema de Burundi. “Vine aquí sin muchas expectativas, para ser honesta. Porque ustedes ya hacen mucho, hacen lo que yo deseo y, por eso, no hay diferencia entre nosotros. Entonces, no importa quién se lleve el premio, creo que yo ya lo recibí; la humanidad recibió este premio, no es una cuestión personal”, afirma Syeda.
Desde que llegó a Ereván, Fátima quedó asombrada por cómo la ciudad se preparaba para la ceremonia del Premio Aurora. Al ver los rostros de las personas salvadas por ella, convertidas en afiches que anunciaban la ceremonia, le produjo una emoción particular. Pero las emociones no terminaron con eso. El día siguiente a la premiación, Syeda y sus acompañantes salieron a almorzar. Caminando por la céntrica calle Abovian hasta Amiryan, un paseo que no demora más de 10 minutos, tomó más de 40. Resulta que las personas la reconocían por la calle y se acercaban a saludarla y agradecerle. “Gracias por lo que hace por la humanidad”, le dijo una joven. “Su trabajo es admirable, usted lleva una gran fuerza”, le dijo otra señora. Y así, a cada paso, su trabajo y esfuerzo era reconocido. recognition.

Syeda recibe el cariño de la gente en Ereván
En este paseo, Fatima tuvo una particular curiosidad sobre la construcción de la Plaza de la República de la capital y tratando de establecer un paralelo con su país natal, quiso saber más y, de forma poco casual preguntó: “¿Qué es ese color rosado que tienen los edificios, qué tipo de ladrillos son?”. Se trata de la tradicional piedra volcánica tuf.
Su vida por su pueblo
Pakistán es uno de los principales productores de ladrillos del mundo. Como sustento de esta industria, los propietarios de los hornos de ladrillos se aprovechan de la difícil situación social en la que vive el pueblo paquistaní. Más del 21% de su población vive por debajo de la línea de la pobreza y, para lograr sobrevivir, piden préstamos. Como consecuencia de las altísimas tasas de interés, estas personas – y familias enteras - se ven obligadas a trabajar durante toda su vida en paupérrimas condiciones, donde se genera un círculo de nunca acabar, entre productores y trabajadores esclavos.
Según investigaciones, dos millones de personas en Pakistán son víctimas del trabajo esclavo. La organización encabezada por Syeda Ghulam Fatima, Bonded Labour Liberation Front, ha rescatado de la servidumbre a miles de personas, incluyendo niños. En estos trabajos en cautiverio, las personas son despojadas de sus derechos básicos, derechos que son inherentes al hombre. Fatima les devuelve la dignidad y los empodera con educación; “La educación es primordial, es la base para todas las sociedades. Y no hablo de saber matemáticas, me refiero a los valores”, sostiene. A estas personas se les brindan cuidados especiales en los ‘centros de liberación’ y se les brinda asesoría legal. “Les enseñamos cuáles son sus derechos, así pueden luchar por ello. Esa es la importancia de saber primero y poder actuar luego”, cuenta Syeda.
Su trabajo no es sencillo. Ella y varios miembros de su organización viven en permanente peligro y bajo amenaza constante. Ha sido golpeada, incluso baleada, en reiteradas ocasiones. Su caminar pausado y leve renguera dan cuenta de ello. Pero esto está lejos de asustarla y abandonar la pelea, no está en los planes. “Hay mucho trabajo por hacer y muchas familias que liberar. Mi pueblo me necesita, no los puedo dejar solos”, afirma.
Personas como ella merecen el mayor de los respetos, historias como estas deben ser contadas. El ejemplo de Syeda es la evidencia más grande de que la población civil debe tomar conciencia de su potencial y que cada granito de arena, por más ínfimo que sea, cuenta a la hora de salvar vidas. “Luego de este viaje, me siento más comprometida, más apasionada. A veces, siento que no hago bien las cosas y me decepciono. Pero después de estar acá, creo que el cambio es posible. Estoy más segura y logré obtener más valores, estar más consiente sobre ello y creo aún más en el poder de los valores”, dice Fatima y concluye: “Sobreviven aquellas sociedades que tienen respeto, aquellas que tienen el coraje de vivir, de ayudar y de cuidar, pues estas buenas prácticas hacen al ser humano”.