Bien vale la aclaración: lo que están leyendo es un post de opinión basado en mi propia vivencia y experiencia tras haber estado en uno de los principales campos de concentración nazi. En mayo de 2017 estuve en Auschwitz y, sin dudas, me dejó un gran impacto. Sentí una energía que nunca antes había vivido y me hizo pensar en muchísimas cosas.

Estoy lejos de hacer comparaciones, y al estar ahí se me hizo inevitable pensar con lo sucedido con mis ancestros y mi pueblo, el pueblo armenio durante el genocidio que sufrió en manos de los turcos otomanos a comienzos del siglo XX, un siglo asesino por definición. También se me vino a la mente lo sucedido en Argentina, durante la última dictadura cívico-militar, cuando visité el ex centro clandestino de detención de la ex ESMA. Hay matrices que son las mismas. La idea de eliminación del otro es similar. La reducción psicológica de la víctima, el abuso del poder, la denigración de la persona. Se hace extremadamente difícil pensar que un grupo de personas quiera exterminar a otro grupo de semejantes. Aquí se pone en juego el concepto de ‘otredad’: cuando un conjunto de personas deja de concebir al otro como un semejante y pasa a verlo como un distinto a ser eliminado. El odio y la discriminación se ponen de manifiesto de la forma más oscura.

Basta con leer hechos del pasado para ver que los capítulos nefastos de la historia se repiten. Aún hoy, esa intención de eliminar a todo un pueblo persiste: ahora mismo hay pueblos que lo sufren.

Algunos datos

Durante el holocausto murieron más de seis millones de personas. Y la creación de los campos de concentración se volvió una práctica habitual para los nazis. Auschwitz es un complejo muy grande, un gran sistema que tenía todo fríamente contemplado y, tal como lo denominaban, era una máquina de muerte. Se ubica al sur de Polonia, entre las ciudades de Katowice y Cracovia. Estaba compuesto por tres campos principales y otros secundarios: el campo original, Auschwitz I, era un antiguo destacamento militar polaco que fue reutilizado por los nazis como campo de concentración. Inicialmente, llevaron allí a los prisioneros polacos. Auschwitz II – Birkenau, construido por los mismos prisioneros fue el campo de exterminio más grande. Auschwitz III – Buna Monowitz fue el campo de trabajo esclavo.

Se estima que allí fueron enviados más de 1.300.000 personas. La mayoría eran judíos provenientes de gran parte de Europa. También había gitanos y prisioneros de guerra soviéticos, quienes recibían el trato y los castigos más severos.

El campo fue liberado el 27 de enero de 1945 por el ejército soviético.

Aún hoy, hay huellas de aquella inhumanidad que siguen intactas. Son una lección en sí mismas. Otras evidencias fueron destruidas. Pero la memoria sigue allí. Las vías del tren, los barricones, las rejas, los piletones, los cercos y carteles nos trasladan a una época nefasta y una cierta sensación oprime el pecho. La cabeza trabaja a mil por hora, pero las respuestas son escasas. Un lugar donde el viento juega con los álamos y sus hojas verdes, pero sin el sonido de ningún pájaro.

En el caso de los nazis, hubo castigo y hubo compensación por parte del Estado alemán hacia el pueblo judío: el estado se hizo cargo de su pasado y de su accionar. En cambio, en el caso armenio, más allá de que no tenemos un lugar físico que evidencie las muertes, pasaron más de cien años pero el Estado sucesor no sólo que no reconoce el crimen cometido sino que también lo niega. Con esta actitud, continúa reproduciendo ese crimen que comenzó hace más de un siglo. La etapa final del genocidio no son las últimas muertes, sino que es la práctica sistemática negacionista que aún persiste. El negacionismo es un mecanismo de autodefensa adoptado por el estado acusado, que cuestiona los hechos sucedidos con argumentos falsos y afirma su inocencia.

Como he dicho en varios artículos que escribí sobre el tema, repito. El crimen de genocidio es un crimen de lesa humanidad: es decir, es asunto de todos. Como humanos, no podemos ser ingenuos: sabemos que hay intereses políticos y geopolíticos detrás de estos acontecimientos.

Todos los genocidios ocurridos a lo largo de la historia están atravesados por una misma matriz ideológica. Gran parte de la sociedad es víctima del miedo y de la represión llevada a cabo por el  propio Estado, en complicidad con sectores civiles. La solución final, la no tolerancia al otro, el odio son los denominadores comunes.

Para frenar el flagelo genocida necesitamos generar un estado de conciencia superador. Por eso, hoy luchamos contra el negacionismo, contra la impunidad, contra el olvido.