Calles que parecen autopistas, edificios iluminados, innumerables puentes, autos y autos por doquier, en 2015 ya contaba con más de doce millones de habitantes y la historia pulula por sus rincones. Se sitúa en las orillas del río Moskva y ni Napoleón, ni los nazis pudieron con ella. Es uno de los centros culturales del mundo, combina diversos estilos arquitectónicos y ostenta uno de los sistemas de subterráneo más profundo del mundo. Ante este panorama, si empiezo a hacer una descripción, la extensión puede ser la de un libro. Entonces, lo que me queda es intentar poner en palabras algunas de las sensaciones que me produce esta gran urbe y describir algunos pasajes de esta ciudad, donde se vivió la historia misma que forjó la “actualidad” del mundo entero y no una, sino varias veces. Quizás así podamos jugar al rompecabezas e intentar unir fragmentos escritos para armar el gran panorama de Moskva.

En primer lugar, Moscú deslumbra. No tiene importancia la época del año ni la cantidad de veces que pise este suelo, el efecto sorpresa nunca termina.

Los gigantes custodios en forma de edificios se erigen para dejar testimonio de cada una de las etapas que vivió la ciudad. Desde las pequeñas casitas color pastel de la aristocrática calle Arbat, los rascacielos cuya estrella roja roza las nubes, los monasterios con cúpulas doradas, los enormes monoblocks, hasta la moderna Moscow City tienen historias que contar. La Plaza Roja es el espacio por excelencia que ejemplifica sucesos que dieron un giro y configuraron el mundo. Con lluvia, con sol, nevada… siempre radiante: así es ella, Krasnaya Ploschad, nunca deja de inspirar. Serán los ladrillos rojizos, los adoquines, la Catedral de San Basilio, el GUM, la llama eterna… no lo se, pero ese lugar tiene magia y empodera a quien sepa leerlo.

Encontrar una sola palabra que defina a Moscú es imposible, pero “diversidad”, sin dudas, está en el repertorio. En el subte se escuchan diferentes idiomas y acentos, vestimentas de todos los colores y estilos. Tacos, zapatillas, borcegos. Señoras con tapados y gorros de piel, chicas rubias altísimas, personas de ojos rasgados, personas de color, abuelos que llevan a sus nietos de la mano, ejecutivos con portafolios. Grupos de adolescentes con mochilas, jóvenes oficinistas con café en mano, turistas que intentan leer el mapa y comprender el idioma. Personas con bolsas de los mandados. Señores con elegantes trajes o señoras con carteras soñadas. Todos ellos convergen en el subte, ese lugar donde la magia sucede. Se inauguró en 1935, transporta a millones de personas por día, tiene más de 200 estaciones y es el transporte más eficiente y conveniente de la ciudad. (Me arriesgaría a decir que también del mundo). Mientras que unas estaciones resultan verdaderas galerías de arte, otras nuevas bien modernas que no están exentas del diseño y de la arquitectura ejemplar, sugieren que la ciudad evoluciona y está a la vanguardia.

El metro de Moscú tiene una historia fascinante que involucran mitos, leyendas y fantasmas. Hasta se dice que hay un segundo sistema secreto (Metro-2), construido en la época de Stalin, que interconecta los lugares clave de la ciudad. ¿Leyenda urbana o realidad? Lo cierto es que algunas estaciones sirvieron de refugio durante la Segunda Guerra Mundial, donde funcionaron varias tiendas y hasta una biblioteca pública. Las que se construyeron posteriormente, fueron ideadas para albergar a la población en caso de una guerra nuclear. Personalmente, tengo un amor particular hacia estos palacios subterráneos donde millones de personas se congregan diariamente y le dan vida a la gran ciudad que habita bajo tierra.

Fue concebido para ser el “palacio para el pueblo” y tiene innumerables estaciones interesantísimas y, para nombrar alguna, a continuación voy a dar dos ejemplos. La estación Komsomolskaya es parte de la línea Koltsevaya (que fue dedicada a la victoria sobre el nazismo) y es, realmente, un palacio. Las columnas corintias de mármol custodian los andenes y sostienen la estructura en la que los mosaicos dibujan momentos históricos: Lenin pronunciando un discurso en la Plaza Roja; una mujer que simboliza a la Madre Patria, está parada frente al mausoleo de Lenin y sobre los símbolos nazi sosteniendo la hoz y el martillo con una mano y la rama de una palmera con la otra, como muestra de la gran victoria y el más representativo de todos: los soldados soviéticos en el Reichstag de Berlín. Mientras impactantes arañas cuelgan del techo de estilo barroco, en el extremo del anden los mosaicos dan vida al colorido escudo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, acompañado de un busto de su líder revolucionario, Vladimir Ilich Lenin. Aquí lo simbólico prima. La estación Mayakovskaya, claramente rinde tributo a Vladimir Mayakovsky y es otro ejemplo de la impactante arquitectura del período estaliniano. Su estilo art-decó combina el mármol de las paredes y del suelo con los dibujos con mosaicos en el techo. Haciendo alusión al futurismo de Mayakovsky, los mosaicos cuentan el brillante porvenir del pueblo soviético. Hay otras estaciones que decoran sus paredes con coloridos vitraux (estación Novoslobodskaya), otra (Ploschad Revolutsii) que adorna los andenes con esculturas de bronce de tamaño real que representan a los ciudadanos de la URSS (un obrero, un campesino, una paracaidista, un futbolista, pioneros, etc) y otras con simples ornamentos sin ostentar. Muchas estaciones tienen un alto voltaje nostálgico, con reminiscencia de lo que fue la URSS, donde algunos soñadores (o patriotas) se acercan a dejar claveles rojos en el busto de V. I. Lenin.

Y yo escribo esto mientras viajo en un vagón adornado con motivos de la Gran Guerra Patria, el heroico suceso que cambió el rumbo de la historia y salvó al mundo del nazismo. Así un simple viaje en subte puede resultar un espacio cultural. Entre todos los trenes, existe un tren pinacoteca que emula ser un museo, pues allí se exhiben varias pinturas para el deleite de los pasajeros. Hay otra formación donde no existe publicidad alguna y en su lugar hay fragmentos de obras de escritores rusos y extranjeros. La idea germinal de acercarle la cultura al pueblo aún continúa y demuestra que aquí nada es al azar y este mundo subterráneo aún no termina.

Moscú es una ciudad que acepta su historia y su pasado y lo integra al presente, sin rencores. Guarda y protege los lugares que pertenecieron a los zares que gobernaron hasta 1917. Aún se ven los monumentales escudos de la URSS tallados en edificios, detalles mínimos que remiten a la época soviética, hasta existe un parque (Muzeon) donde se congregan los escudos, elementos y todas las estatuas de los líderes de la revolución y otras esculturas del pasado soviético. Creo que es una de las claves de su grandeza. Moscú es una metrópoli, deja en claro que le gusta serlo y lo lleva con orgullo. En lo que a mí me respecta, seguiré visitándola cada vez que sea posible.