Eugenia Akopian, para Miradas al Sur
19 de abril de 2015
Cien años, un siglo. Dos guerras mundiales, bombas atómicas, numerosos genocidios invisibilizados. Hace cien años, más de un millón y medio de personas fueron asesinadas en lo que era el Imperio Otomano, actual Turquía. Hoy, el número cien es una cifra simbólica, si fuesen 10, 40 o 90 también se denunciaría. La cobardía reside en el no reconocimiento.

Consideraciones históricas
Ereván, la capital de Armenia fue fundada en 782 a.C, lo que la hace más antigua que Roma. El territorio vio florecer numerosos reinos que generaron una cultura que aún hoy podemos apreciar con sus ornamentos, templos, iglesias, castillos. En la región convivieron el imperio persa, Alejandro Magno, el imperio romano y otros grandes nombres de la historia universal. Las tribus bárbaras selyúsidas, quienes luego conformaron el Imperio Otomano, no llegaron hasta entrado el siglo X. Dentro de este imperio convivirían diferentes etnias, entre ellos árabes, judíos, griegos y armenios, quienes tuvieron un rol destacado en el desarrollo y progreso de la región.
Pero, a finales del siglo XIX ya comenzaba a vivirse el ocaso del imperio Otomano; había perdido parte de su territorio, se veía debilitado y necesitaba afianzarse en el poder. Para hacerle frente a este resquebrajamiento imperial, se adoptó la política del panturquismo, con el objetivo de homogeneizar su territorio: lograr unidad social, política y cultural. Uno de los primeros pasos para la homogeneización fue finalizar con la población armenia cristiana.
Así, tuvieron luz verde las persecuciones que comenzaron en tiempos del Sultan Hamid (las tristemente conocidas “masacres hamidianas”), y siguieron con los gobiernos de los Jóvenes Turcos y Mustafa Kemal, actualmente elevado al rango de prócer y fundador de la Turquía moderna.
Entre 1915 y 1923, durante y tras la Primera Guerra Mundial, los coletazos destructivos de un imperialismo en decadencia se hicieron sentir. Turquía puso en marcha un plan sistemático de exterminio de los armenios, hecho que hoy llamamos Genocidio de los Armenios. El concepto de genocidio fue acuñado por Raphael Lemkin para referirse a la matanza que sufrieron los armenios en manos del Imperio Otomano, pues no había palabra existente que describiera el horror que se vivió durante ese período. Luego, el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional lo tipificó como crimen de lesa humanidad y amplió su definición.
La noche del 24 de abril de 1915, el ejército turco irrumpió en la ciudad de Constantinopla y detuvo a centenares de referentes culturales e intelectuales, líderes políticos, religiosos y sociales armenios con el objeto de dejar sin conducción al pueblo y sin posibilidad de organización y defensa. Siguió así con todas las ciudades de población armenia. Por esto es que, actualmente se toma la emblemática fecha del 24 de abril como día para la conmemoración del Genocidio de los Armenios.
En este proceso, los armenios eran despojados de sus armas. Los jóvenes eran reclutados para el ejército, eran en realidad ejecutados. Con la excusa de que se avecinaba una guerra y debían resguardarlos, las mujeres, ancianos y niños eran arrancados de sus hogares y obligados a marchar por el desierto con un destino incierto, pero con la muerte segura. En ese derrotero morían de sed, de hambre o simplemente eran fusilados. Más tarde, esas marchas forzosas tomaron el nombre de “caravanas de la muerte”.
Se sucedieron los crímenes más aberrantes, violaciones y asesinatos. Las cabezas de los hombres eran exhibidas en las plazas, como trofeos; miles de personas fueron quemadas vivas; las mujeres fueron violadas y crucificadas desnudas, los niños asesinados y también apropiados, despojados de identidad y de su vida. Se saquearon sus pertenencias, y ciudades enteras fueron incendiadas. Y también otras minorías, como los yazidíes y griegos, fueron asesinadas.
¿El resultado final? Un millón y medio de víctimas, destrucción casi total del milenario patrimonio arquitectónico-cultural, miles de refugiados, una gran mancha en la historia universal del hombre. Y, también, una incapacidad enorme de Turquía para hacerse cargo de su propia historia, aún hoy.
El gran avestruz
Con este sangriento capítulo, Kemal Ataturk fundó la moderna República de Turquía. ¿Y sus bases? Un millón y medio de almas, la sangre armenia derramada, las casas quemadas y saqueadas, las mujeres quemadas vivas, los niños asesinados. Cargar con esta responsabilidad no era tarea fácil, reconocerla y aceptarla, menos. Así, Turquía es hoy un país que no acepta su pasado y que, basado en mentiras y construcciones imaginarias y falsas, ha instruido a un pueblo con una historia que no es la propia y ha construido un pedestal de próceres y héroes que en realidad son genocidas.
Han pasado cien años, un siglo. Tiempo prudente como para revisar, estudiar, aceptar y asumir responsabilidades. Pero, lamentablemente, no es así. Aún hoy, el Estado turco no solo se niega a reconocer su responsabilidad, sino que intenta tapar el sol con la mano al negar haber cometido el genocidio. El negacionismo es un mecanismo de autodefensa adoptado por el estado acusado, que cuestiona los hechos sucedidos con argumentos falsos y afirma su inocencia. Con esta postura, Turquía no sólo actualiza, sino que reproduce su plan inicial. La etapa final del genocidio no son las últimas muertes, sino que es la práctica sistemática negacionista que aún persiste.
Además de su actitud negacionista, el Estado turco también obliga a callar a sus propios ciudadanos. Su Código Penal contiene el controversial artículo 301, que prevé duras sanciones a quienes agravien de forma pública a la identidad nacional turca, al gobierno o a las instituciones. Quien se refiera al Genocidio de los armenios como tal, violará esta disposición. Según Amnistía Internacional, esto amenaza de forma directa a la libertad de expresión que se consagran tanto en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, como también en el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales. Turquía está suscripta a ambos tratados.
Orhan Pamuk, reconocido escritor turco, ganador del Premio Nóbel de Literatura, fue juzgado “por insultar la identidad turca”, al asegurar públicamente que en Turquía fueron asesinados un millón y medio de armenios, violando el artículo 301. También fue condenado por el mismo hecho el periodista turco de origen armenio, Hrant Dink, director del periódico Agos. Más tarde, en enero de 2007, fue brutalmente asesinado.
Aún hoy, priman esos mismos intereses que hace cien años. Los intereses geopolíticos hace que algunos otros estados los defiendan. Uno de ellos es Azerbaiján, histórico aliado de Turquía -también su cómplice genocida- que niega la existencia del Genocidio y peligrosamente su presidente I. Aliyev declara: “Nuestros principales enemigos son los armenios de todo el mundo y los políticos hipócritas y corruptos bajo su control”, alentando la violencia étnica. Hoy, Azerbaiján continúa perpetrando ese plan genocida inicial que comenzó el Imperio Otomano y los petrodólares azeríes, configuran e imponen una realidad que se adecua a los intereses de ciertos grupos político-económicos.
Argentina, hoy
La República Argentina a través de la Ley Nacional 26.199, que fue aprobada por unanimidad por el Congreso Nacional y promulgada el 11 de enero de 2007 por el entonces Presidente Néstor Kirchner, declara el 24 de abril como “Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos”, en conmemoración del Genocidio sufrido por el pueblo armenio. De esta forma, se suma a Uruguay, Francia y otros países que así lo reconocen. En los Estados Unidos, numerosos estados declaran y reconocen el Genocidio, pero aún no así el país, quedándose en promesas electorales presidenciales, que se ha convertido en un clásico estos últimos años.
En 2001, el escribano Gregorio Hairabedian, ciudadano argentino, evocando las figuras de justicia universal y derecho a la verdad, dio lugar a un hecho inédito en la justicia, marcando jurisprudencia en la justicia internacional. Exhortó a diversos países a que desclasifiquen sus archivos referidos a este tema. Positivamente respondieron muchos países, entre ellos, Francia, Alemania, Estados Unidos, el Estado de Vaticano.
Luego de diez años de investigación, presentación de pruebas y testimonios, la clasificación y selección de documentos internacionales que prueban la existencia de crímenes y graves violaciones a los Derechos Humanos, evidenciando la planificación del exterminio de armenios por parte del Estado Turco, en 2011, el Juez Federal Norberto Oyarbide dictaminó que Turquía, efectivamente, había cometido el crimen de genocidio.
En este sentido, la Argentina accionó con la reivindicación de la verdad y afirmó su compromiso con la búsqueda de la verdad. No hay que olvidar que en Argentina se llevaron (y llevan) adelante los juicios por la verdad y muchos genocidas ya fueron condenados. El contexto social y político de esta época histórica ha gestado condiciones para que los Derechos Humanos sean reivindicados y es en ese contexto que la Argentina ha dado el ejemplo.

Colofón
El crimen de genocidio es un crimen de lesa humanidad: es decir, es asunto de todos. Como humanos, no podemos ser ingenuos: sabemos que hay intereses políticos y geopolíticos detrás de estos acontecimientos.
En este punto la educación juega un rol clave. Todos los genocidios ocurridos a lo largo de la historia están atravesados por una misma matriz ideológica. Gran parte de la sociedad es víctima del miedo y de la represión llevada a cabo por el propio Estado, en complicidad con sectores civiles. La solución final, la no tolerancia al otro, el odio son los denominadores comunes.
Antes de su invasión a Polonia, Hitler preguntó “¿Quién recuerda hoy el exterminio de los armenios?”: de esta forma, un genocidio pasó a ser condición de producción de otro.
Para frenar el flagelo genocida necesitamos generar un estado de conciencia superador, a base de educación. Por eso, hoy luchamos contra el negacionismo, contra la impunidad, contra el olvido. Y parafraseando al gran escritor armenio-estadounidense William Saroyan: donde haya dos armenios, florecerá una nueva Armenia.