– ¡¿A Polonia?!
-Sí, a Polonia, ¿loco, no?
-¿Saben el idioma?
-No, pero lo podemos aprender.
-¿Y por qué tan lejos? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuándo vuelven?¿Tienen pasajes de vuelta?

Estas preguntas y miles de interrogantes llenaron las valijas. Con todo el amor que le tenemos a la Argentina, decidimos emprender un camino en otras tierras, en otro continente. Ansiedad, incertidumbre y hambre de aventura. Después de tres aviones, llegamos. Habíamos intercambiado el caluroso y húmedo diciembre porteño por un gélido viento europeo. A las 18 horas se abrieron las puertas mecánicas dobles del aeropuerto, pisamos tierra polaca y, de inmediato, vimos un cielo oscuro con miles de puntitos brillantes.

Nuestra primera mañana en Polonia fue mágica. Al abrir los ojos, vimos cómo los copitos blancos se precipitaban por tocar el suelo y lo tomamos como una gran bienvenida que nos daba lo que sería nuestro hogar para entonces: Katowice. Así fue todo el invierno, lleno de nieve, temperaturas bajo cero y mucho mate. Si bien no era común para nosotros, no nos disgustaba en absoluto; todo lo contrario. Ver y sentir la nieve caer se convirtió en disfrute.

Claro que no todo es color de rosas. Enfrentar lo nuevo, tener que encender la luz a las 2 de la tarde es algo a lo que uno no se acostumbra y encontrar un departamento donde vivir fue un desafío. Pero de todo se aprende y lo que parecía un sabor amargo en el momento, se transformó en victoria. En nuestro camino se cruzaron personas de gran corazón que nos ayudaron mucho: hoy son esos amigos de la vida.

Diciembre en el este

La celebración de las fiestas merece un capítulo aparte. Desde que llegamos, la Navidad se respiraba en cada rincón. La ciudad estaba completamente decorada: las luces, los pinos cubiertos de guirnaldas, el frío y la nieve creaban la atmósfera perfecta y dibujaban sonrisas por doquier. Dondequiera que uno entraba, sonaban villancicos y la canción que se impuso en el primer puesto por la cantidad de repeticiones fue Happy Xmas (War is over) de John Lennon, en una infinidad de versiones. (No puedo evitar pensar en que ojalá las guerras hubiesen acabado…).

Los colores que predominantes eran el rojo, el blanco y el verde. ¡Por todas partes! Los locales adornaban sus vidrieras alentando ese consumo típico de la época, los chicos corrían entre la nieve y se fascinaban con las luces de los árboles, en su inocente anhelo de recibir los regalos de San Nicolás. Esta vez, con un termómetro que marcaba dos grados bajo cero, adquiría más sentido tener un pinito adornado en casa.

Katowice, Alta Silesia

Katowice es una ciudad en pleno resurgir. Alberga a una juventud que es su futuro y estoy segura de que la va a hacer brillar. A lo largo de la historia fue protagonista de disputas, fue un centro de extracción de carbón muy importante, llegó a llamarse Stalingrado y es la capital de la alta Silesia. Su pequeño centro histórico es bien pintoresco, en invierno se tiñe de blanco, en primavera los tulipanes de colores decoran sus calles, mientras los barcitos, las confiterías y las heladerías inundan las veredas. Con una gran variedad y oferta de consumo, tanto de supermercados como de centros comerciales, no tiene nada que envidiarle a las grandes capitales europeas en este punto. Tiene una buena oferta gastronómica, ¡incluyendo opciones de comida armenia! El transporte público es muy bueno y funciona a la perfección: la ciudad está conectada por autobuses y tranvías. Además, está muy bien integrada con el resto de la región; su sistema de trenes ofrece llegada a todo el país y a casi toda Europa del Este. El aeropuerto de Pyrzowice queda a unos 30 minutos y es una gran opción a la hora de elegir viajes de bajo costo.

Más allá de su pasado industrial, Katowice es una ciudad bien verde. Nosotros vivíamos muy cerca del Park Śląski (Parque Silesia), un espacio verde de 560 hectáreas que es ideal para andar en bici, salir a correr o, simplemente, pasar un día inmerso en la naturaleza; cualquier excusa era buena para pasear por ahí. El lugar está pensado para todos los gustos y tiene una variada oferta de actividades. En el mismo recinto hay un parque de diversiones, un complejo de natatorios, canchas de tenis, el planetario de Silesia, el zoológico y también el estadio de Silesia, donde la selección nacional disputaba sus partidos antes de la construcción del estadio nacional en Varsovia.

Otro punto de la ciudad que nos gustaba mucho es el Museo de Silesia. El museo data de 1929 y desde 2015 funciona en lo que antes era un predio industrial. Este espacio emerge como un puente entre el pasado industrial, la modernidad del presente y el prominente porvenir del futuro. Antiguos edificios de ladrillos anaranjados y rojizos que eran funcionales a las minas de carbón, hoy son minas de donde emerge la cultura y se entremezclan con los edificios de una tajante arquitectura moderna. El museo es el hogar de piezas de arte polaco y también guarda una colección sobre Silesia. A mi gusto, una de las mejores exhibiciones es un pabellón que cuenta la historia de toda la región de una manera interactiva e involucra la participación del visitante. Este es el ejemplo de una muy buena intervención desde la gestión cultural del museo.

Uno de los rasgos más interesantes y llamativos de la ciudad es su arquitectura. Tiene grandes construcciones que llenan la ciudad con ejemplos de arquitectura moderna e influencias soviéticas, algunos edificios de fines de 1800 y otras bien contemporáneas. Y si hablamos de arquitectura, es menester hablar del Spodek. Parece un plato volador que aterrizó en el barrio de Koszutka y, de hecho, adquiere su nombre en polaco por su forma. Pero se trata de un pabellón multiusos que cuenta con un estadio, un gimnasio y un hotel. Sirve como escenario de grandes acontecimientos como eventos deportivos (partidos de vóley, básquet, hockey sobre hielo, etc), recitales y otros eventos musicales. Es un complejo que se rodea de verde, está muy cerca de la Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca y del Museo de Silesia.

Y así es Katowice, una ciudad de contrastes que nos abrió sus puertas a lo grande, y que ofrece una variada oferta de cosas para hacer y por descubrir. Una ciudad que fue nuestro hogar, que nos vio crecer y nos verá volver.