Después de tres aviones tocamos tierras polacas. Eran las 6.30 de la tarde pero las estrellas ya brillaban. Cuando despertamos, al otro día, vimos desde la ventana cómo caían los copitos y teñían de invierno a los árboles. Fue sentirse en un libro de cuentos y nuestros respectivos niños interiores nos invadieron completamente. Era hora de reconocer el territorio: Sueters, abrigos y bufandas a la orden. Hacía más de 22 años que no tocaba nieve. Me transportó hasta unos 2.300 kilómetros más al sur este, cuando vestía un mameluco para la nieve del que colgaban unos guantes tipo manoplas, hacíamos guerra de nieve y andábamos en trineo.
Katowice es una típica pequeña ciudad del este de Europa. Es vibrante y en pleno desarrollo donde lo moderno, el presente y el estilo clásico se encuentran. Es la capital del Voivodato de Silesia y nació siendo una ciudad industrial, fue foco de la industria minera y ahora es, también, una ciudad estudiantil. A lo largo de la historia y en un pantallazo veloz, podemos decir que fue motivo de disputas varias. Fue gobernada por los Piastas de Silesia, perteneció a la corona de Bohemia, fue invadida por la Alemania Nazi, liberada por el Ejército Rojo, pasó a ser parte de la República Popular de Polonia y hoy es uno de los principales centros financieros del país.
Como no podía ser de otra manera, no puedo dejar de hacer referencia a la arquitectura del lugar. Rasgos de Le Corbusier o Niemeyer no pasan desapercibidos. En el centro de la ciudad se respira la Navidad y las fiestas. Las calles con adoquines y edificios clásicos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX nos recuerdan que estamos en Europa. Los edificios grandes, con sus formas simples y ausencia de ornamentos, son pruebas tangibles de la arquitectura que predominó los años de la República Popular de Polonia. (En algún momento escribiré algo más largo sobre la arquitectura local). Una construcción a destacar es el complejo de usos múltiples conocido como “Spodek”, que significa platillo volador y adquiere su nombre, obviamente, por su forma. Se inauguró en 1971 y es el complejo techado más grande de Polonia. Otro símbolo de la ciudad es el Monumento a los Insurgentes de Silesia (1967). Sus tres alas simbolizan las gestas de Silesia que se dieron en 1919, 1920 y 1921. Se trata de los levantamientos contra el poder alemán (la región de Silesia perteneció a la República de Weimar) para unirse a la Segunda República de Polonia.
Algo que abunda en esta ciudad son los supermercados y los shoppings. Evidentemente, el consumo es uno de los acentos más importantes de la economía local. ¡Los super tienen todo! Muchas cosas que nos parecen novedosas pero muchísimas otras son familiares. Hay productos y comidas que siempre estuvieron presentes durante mi infancia, como selodka (arenques preparados de una forma particular), picles, castañas, etc. A grandes rasgos, puedo decir que esta ciudad tiene un lugar común donde convergen Ereván y Moscú. Suena lógico en algún punto, ¿no?
Mate mediante, 0 grados centígrados y un acogedor sol de invierno, los dejo hasta la próxima entrega.